En la misa de despedida de los IV°s medios, Alejandra Méndez y Pablo Allard entregaron su testimonio luego de 21 años como apoderados del colegio, el cual queremos compartir con toda la comunidad, en nuestra sección “Benitanos”:
No podemos creer que estemos hoy cerrando estos 21 años como familia en el San Benito. Solo podemos estar agradecidos de este colegio, que moldeó y marcó tanto a nuestra familia. Gracias a todos quienes, de una u otra manera, educaron, cuidaron, quisieron y formaron, no solo a nuestros hijos Pablo, Max y Antonio, sino a todos estos jóvenes que están hoy a punto de graduarse. Gracias por incluso tener que aguantarlos y soportarlos en sus momentos de rebeldía y cuestionamientos
Gracias a los profesores, auxiliares, funcionarios, asistentes de convivencia, jefes de ciclo, tutores, jefe de comunidad, directivos y cada miembro de esta comunidad.
También a los apoderados y compañeros, que, en este colegio tan especial, son parte activa de la formación de nuestros hijos. Cada uno de ustedes aportó a esta generación con herramientas para formar a hombres y mujeres que hoy salen al mundo con una impronta y un sello benedictino inconfundible, que estamos seguros los hará diferenciarse en cualquiera sea el camino que ellos escojan en su futuro.
No alcanzamos a nombrarlos a todos, pero queremos hacer un especial reconocimiento a quienes fueron modelos de vida para nuestros hijos: Jorge Fuentes, con su profunda vocación, y Eduardo Lagos, por su entrega incondicional.
Son muchos, muchísimos más; mención especial al querido Feña Villalobos, la Anita y Lucho: gracias por su paciencia y por nunca aflojar… Con vergüenza les confesamos que uno de los Allard tiene el récord de mayor cantidad de atrasos en un año (y vivimos a dos cuadras del colegio). Aunque no lo crean, los vamos a extrañar.
No solo vivimos atrasos… Alejandra Escuti y Pedro Asenjo pueden dar fe de las eternas conversaciones en su oficina firmando los interminables caminos de corrección de algunos de los Allard.
Como familia que hoy deja el colegio, queremos compartir con ustedes nuestra experiencia personal, que -como ven-, está lejos de ser “ideal”. En ese sentido, debemos confesar que nos sorprendió el llamado de la Loreto para que diéramos esta acción de gracias, ya que entre ustedes hay familias mucho más comprometidas y visibles en la historia del colegio. Pero tal vez es precisamente por ello que estamos aquí, porque pese a ser todos tan distintos, somos parte y nos hacen sentir parte importante de esta comunidad.
Si hoy nos preguntamos cuál es el sello del colegio, sin duda diríamos que es el fuerte sentido de comunidad que inculcan en los alumnos y familias. Lo que se siente y vive en cada actividad, reunión de apoderados, grupos de primera comunión, lectio, etc.
Todos nuestros hijos tuvieron sus propias comunidades, y también fueron jefes de otras. Junto con las tutorías, estas instancias les enseñaron el valor de la fraternidad, el salir de nosotros mismos y mirar al otro. El valor de preocuparse, entregarse y jugárselas por los demás, contar con relaciones de afecto y apoyo, dentro y fuera de la familia. Relaciones que crean amor y confianza, proveen modelos de rol e incentivan y afirman la capacidad de resiliencia de las personas.
Qué lindas forma de relacionarse de manera profunda con alumnos de otras generaciones, entablando lazos entrañables y amistades intergeneracionales que les aportan tantos modelos de vida para el futuro. Ejemplo de ello es que cada vez que algún amigo toca el timbre en la casa, no sabemos si viene a visitar al mayor, al del medio o al menor de nuestros hijos, ya que no conocemos otro colegio donde las amistades sean tan transversales y fuertes. Gracias, San Benito, por estos importantes valores que son parte de nuestra familia.
En este contexto, queremos compartir que, como familia, no somos especialmente activos o participativos en la iglesia. Y muchas veces no hemos sido los mejores ejemplos de fe para nuestros hijos. Por eso, estamos eternamente agradecidos del colegio que, a través de nuestros hijos, nos entregó una profunda y sólida fe. Ellos han sido para nosotros un ejemplo de compromiso con la Iglesia y han fortalecido y animado nuestra propia fe. Agradecemos al colegio este regalo a nuestro matrimonio y familia.
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Junto con el sentido de comunidad y la formación académica, queremos agradecer además otros regalos que nos llevamos: El grupo Scout del San Benito ha sido una marca profunda de nuestra familia. Agradecemos a todos los jefes que con tanta vocación, amor y entrega traspasaron ese sello (difícil de explicar, pero fácil de reconocer) de los Scouts CSB.
Ese característico pañolín rojo y negro -la promesa- (casi siempre sucio, hediondo y bien arrugado) marca la vida. Los valores que esta promesa refleja son profundos. A todos los que vemos hoy usando esa promesa sobre su uniforme, son jóvenes sensibles, generosos, con vocación de servicio, amantes de la naturaleza, capaces de gozar con lo simple y maravillarse con lo cotidiano. Qué orgullo ver a dos de nuestros hijos, y a sus pololas, usando esa promesa hoy. “Una vez Scout, siempre Scout”, repiten ellos.
Nos encanta saber que esos valores quedarán en nuestra familia para siempre.
Nuestro hijo Max (o Akela), generación 2021, sigue ejerciendo como jefe. Y Antonio también ha aprovechado intensamente esta instancia.
También tuvimos experiencias marcadoras con los trabajos de invierno y verano.
Nuestro hijo Pablo participó entusiasta y activamente de este grupo. Con qué generosidad, alegría y entusiasmo partían cada verano e invierno a servir, a construir, a entregarse.
La experiencia en la Patagonia en San José también marcó a nuestra familia. Estas instancias nos entregaron un profundo sentido de solidaridad. No basta solo con dar o donar cosas materiales. La belleza está en también poder compartir con la gente que no ha tenido la misma suerte que nosotros, a involucrarnos, a aprender de ellos.
Estas oportunidades van más allá de los trabajos, actividades, de Scout en Franklin o las largas noches en La Vega repartiendo sándwich y café a las personas en situación de calle; se vive también en la hermandad con el colegio San Lorenzo y los memorables desayunos con los auxiliares del colegio. Hay muchos colegios que enseñan los valores de la humildad y el servicio; en el San Benito los vivimos.
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Para terminar, no podemos dejar de agradecer el apoyo que el San Benito siempre nos brindó en los momentos más difíciles que hemos vivido. Llegamos al colegio con cierta cercanía. De joven, Alejandra trabajó brevemente en el colegio haciendo clases de inglés. Pero aparte de eso, no conocíamos mucho el colegio. Llevábamos varios años viviendo fuera de Chile cuando a nuestro hijo mayor le tocó postular al colegio. Desde Estados Unidos hicimos la postulación, sin entender mucho el sistema.
Ese año 2004, llegamos a Chile a comprar útiles y uniforme con las expectativas de cualquier familia joven que inicia la vida escolar. En enero de ese año, pocos meses antes de que empezaran las clases, a Pablo le diagnosticaron un cáncer muy agresivo, muy raro y con pocas esperanzas de vida. Volvimos a Estados Unidos, y el uniforme y los útiles quedaron en una bodega junto a toda nuestra vida. Nunca llegamos a conocer el parvulario, nunca conocimos a sus profesoras, compañeros o apoderados. No éramos parte de esta comunidad, o así lo creíamos.
Pero ahí sucedió lo inimaginable. En el San Benito la comunidad empieza a activarse incluso antes de conocernos. Estuvimos más de un año en Estados Unidos en tratamiento oncológico y nos dimos cuenta de que, sin saberlo, éramos parte de esta comunidad benedictina.
Los profesores, directiva, apoderados del curso (que jamás nos habían visto) se cuadraron con nosotros en forma incondicional. Llegaban cartas, regalos, llamados, libros escolares, videos de saludos de ese Prekínder. Regularmente nos llamaba el rector. Cada semana hacían misas por la salud de Pablo. Casa curso rezaba y se hacía parte de esta causa.
Fue impactante. Profundamente emocionante recibir ese amor, ese cariño, esa fuerza, ese oxígeno que llegaba del colegio. Llegaban los paquetes de FEDEX con las inolvidables carpetas amarillas que traían las guías y trabajos de la semana, dibujos de sus compañeros, cartas de las profesoras.
Solo podemos agradecer.
Agradecer y agradecer.
Volvimos a Chile al año siguiente. Y por fin conocimos a esta maravillosa comunidad que nos recibió generosamente y con los brazos abiertos. Nos integramos rápido. Nuestro segundo hijo entró al colegio también. Y éramos todos parte de esta comunidad potente.
Pero solo estuvimos un año, porque Pablo volvió a recaer y el cáncer llegó de nuevo. Otro semestre en Estados Unidos. Y no nos dejaron solos. Otra vez llegaban los FEDEX con kilos de dibujos, tareas, amor y fuerza.
El colegio nunca “guateó”. Nunca nos soltó. Nunca estuvimos solos. Solo podemos dar gracias por eso.
Un agradecimiento especial a los Vega, los Plass, los Arancibia y tantos otros miembros de esta comunidad que estuvieron con nosotros en esos momentos tan duros.
Este compromiso también lo vivimos con uno de nuestros hijos, cuando luego de sufrir un accidente en el colegio, a los pocos minutos toca el timbre de nuestra casa el propio rector para hacerse presente en tan difícil momento.
Mirando retrospectivamente, creemos que esta es la esencia de este colegio. El profundo sentido de comunidad, de ESTAR siempre para el otro, de quedarse, en los momentos más duros. De nunca soltar. De apañar, apoyar y querer incondicionalmente a cada miembro de la comunidad
Incluso cuando no nos conocían, éramos parte de esto, y estuvieron siempre. Nosotros aquí estaremos también. Para siempre. Reflejando e iluminando con los valores que aquí conocimos.
No podemos terminar sin dejar de agradecer el profundo esfuerzo y ejemplo de humildad del colegio por comprometerse a una mejora continua, con miras a la excelencia. Nuestras autoridades lideraron un exitoso proceso de reflexión, cambio y mejora, haciéndonos a todos partícipes y corresponsables del proceso. Juntos logramos convertirnos en una comunidad más fuerte, en un mejor colegio y en mejores personas.